Esto parece decir el hígado constantemente, un trabajador incansable, alrededor de 500 funciones demostradas, casi nada…

Es lógica su relación con muchos órganos, y teniendo en cuenta el desarrollo embriológico podemos considerar como camarada íntimo al intestino delgado, además de la vesícula biliar, por supuesto.

La bilis segregada por el hígado y almacenada por la vesícula biliar acude al duodeno para favorecer la absorción y digestión de los lípidos provenientes del quimo formado en el estómago.

Una elevada carga tóxica en el entorno hepatobiliar o un hígado sano, una deficiente flora intestinal o un intestino poblado correctamente, marcarán el proceso y las posibilidades de recuperación de una óptima función del eje hígado- vesícula biliar e intestino delgado.

Es este mensaje de pasado y presente el que debemos escuchar, interpretar y comprender partiendo de una valoración completa y exhaustiva desde el punto de vista osteopático; un razonamiento clínico teniendo como marco de pensamiento y actuación el concepto metamérico y aplicando el tratamiento desde las terapias globales.

Por vía refleja, la manipulación estructural será básica para el envío de información al órgano en lesión. Se encargará de revascularizar y mejorar la calidad del tejido lesionado, enviando un estímulo adecuado desde el nivel raquídeo correspondiente en dirección a los órganos afectados, vía sistema nervioso autónomo y por relación metamérica. Es este concepto de metámera el que nos permite entender cómo también mejorarán todos los tejidos inervados por el segmento medular manipulado.

Debemos tener en cuenta también que la calidad del tejido periférico, diafragma, charnela dorsolumbar, páncreas, intestino grueso… Debe ser óptima para facilitar una recuperación eficiente; para ello, las manipulaciones viscerales y articulares nos ayudarán a reducir espasmos, eliminar rigidez en tejido conjuntivo y bloqueos en circulación sanguínea y linfática. El sistema miofascial debe recuperar la flexibilidad suficiente para permitir los libres movimientos del raquis torácico y lumbar y para poder utilizar la actividad física sin riesgos en el proceso de recuperación de la fisiología del eje hígado, vesícula e intestino delgado.

También el cuidado diario es muy importante y haciendo las cosas bien, podemos mejorar o facilitar sus funciones… Tiene tantas…

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Seguro que podemos reducir los tóxicos de nuestra dieta (alcohol, tabaco, medicamentos, alimentos “artificiales”, ira…). Incrementar la ingesta de agua, consumir más alimentos naturales, de temporada. La naturaleza ha tenido la gentileza de ofrecernos, en cada época del año, los mejores manjares. Están ahí para nosotros, ¡aprovechémoslos!. No olvidemos al intestino delgado, devoto de la bilis cuando llega el momento de digerir grasas.

La recibirá en el duodeno a través de los conductos cístico y hepático común. Esta salida de bilis de la vesícula es estimulada, vía hígado, por el propio aparato digestivo una vez el estómago recibe los alimentos parcialmente digeridos.

Allí, en el intestino delgado, es dónde el correcto estado de la flora intestinal y la adecuada impermeabilización de las paredes y epitelio intestinal cobra una importancia máxima. Será el aliado perfecto para poder transportar los lípidos hacia el hígado vía vena porta.

La flora intestinal está formada por bacterias “buenas” que facilitan la absorción de los nutrientes y no permiten la proliferación de bacterias “malas”, encargadas, estas últimas de complicarnos la vida, sobre todo, después de una buena comida.

Hay que prestar atención a estos desajustes bacterianos, pues están relacionados con multitud de patologías como el sibo, que surge por un ascenso/retorno de bacterias de tramos distales del intestino, un cambio en el ph duodenal y sobrecrecimiento colonizando el duodeno y alterando la fisiología digestiva. Es decir, hay demasiadas bacterias y en el lugar incorrecto.

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Con respecto a la permeabilidad intestinal, podemos decir que explica multitud de barrigas hinchadas justo después de comer. Se trata de que solo traspasen la barrera intestinal las sustancias amigas que podemos y sabemos genéticamente aprovechar; y no sustancias extrañas para nuestro organismo como son las presentes en cereales y alimentos procesados.

Encargada de esta buena permeabilización es la glutamina, aminoácido reparador por excelencia de tejido muscular, pared intestinal… Presente en carne de buena calidad, por ejemplo.

Además, el aporte de alimentos prebióticos (ajo, cebolla y puerro pochados, por ejemplo) y la ingesta nula u ocasional de harinas refinadas, lácteos de origen animal y azúcar refinado, también son buenos consejos para que nuestras digestiones sean más cómodas y provechosas.

Otra recomendación vital, para la alegría de nuestro eje hígado-vesícula-intestino, es la práctica de actividad física en ayuno estratégico, es decir, con la barriga vacía. Recordemos que para que la actividad física sea un arma poderosa debemos estar en unas condiciones adecuadas, y las terapias a nivel miofascial serán básicas. Movilizaciones pasivas, activas, cadenas musculares, yoga, mecánica respiratoria; son técnicas que actuarán en la recuperación de nuestra fisiología digestiva.

La consecución de energía con la barriga vacía es la mejor forma de movilizar grasas por parte de tu hígado, convirtiéndolos en glucosa mediante un proceso llamado betaoxidación.
Muévete a diario o con regularidad, 3-4 veces por semana, bebe agua con sed, come con hambre y no te guardes la ira, expresarla es necesario, tú sabes cómo hacerlo.

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Como resumen podemos decir que desde el concepto metamérico, la psiconeuroinmunología, las terapias manuales y el movimiento inteligente podemos restablecer el equilibrio del eje hígado-vesícula e intestino delgado. Solo tenemos que eliminar las barreras que limitan el potencial del organismo y la naturaleza actuará favoreciendo el equilibrio. El conocimiento de uno mismo y la actitud comprometida son indispensables para que paciente y terapeuta logren el objetivo de la salud.