Creo recordar que fue durante el verano del año 1986, me suena que se había celebrado el mundial de futbol en México hacía poco, así que yo tendría 7 años. Por aquel entonces era un niño delgado, poca cosa como se dice por aquí, todo el día montado en una bici roja mi “california”, seguro que mas de un@ recuerda esa bici, poníamos una lata de refresco aplastada entre la rueda y el protector para simular el ruido de una moto, que veranos….

En aquella época, las calles estaban aun empedradas, no había asfalto, las familias tenían animales con los que trabajaban el campo, vacas, mulas… y los restos de paja que se usaban para hacer las cuadras llenaban las calles, por las esquinas corrían pequeños regueros de agua cuando llovía, y si, las calles estaban llenas de restos de excrementos de cabras, vacas, y todo tipo de animales que había en las casas, era sencillamente fantástico, un mundo maravilloso.

Mi abuela, era una persona extremadamente delgada, bajita, con muy mala leche, había tenido 6 hijos, dos de ellos los tubo ella sola en su propia cama. Dura, guerrera, con una energía y vitalidad que me dejaba pasmado, me maravillaba estar con mi abuela. Nos sentábamos en el balcón de su casa todas las noches después de cenar, me decía “Oscar cuéntame cosas” y yo hablaba y hablaba, y ella me escuchaba sin decir nada, solo escuchaba, jamás me juzgo.

Durante ese verano, creo que fue ese mismo verano, puse el primer pie dentro del camino que hoy 34 años después sigo recorriendo. Un primo mío y yo, habíamos estado toda la mañana rompiendo las tejas del tejado de un vecino a pedradas (¡¡¡ya veis!!!). Tenía un dolor tremendo en la espalda de tirar tantas piedras, ya os he dicho que era un niño “poca cosa” y mi fuerza era mas bien “poca cosa” también. Comí con aquella cara de no haber hecho nada malo durante la mañana, esa cara de “mas vale que no se me note” (se acabaron enterando ese mismo día claro porque no había WhatsApp y la gente acostumbraba aun a ir a las casas de los vecinos). Tras la comida lógicamente llegaba la siesta, obligada si quería volver a salir con mi amigo Berto por la tarde, no me gustaba porque escuchaba a los “mayores” reírse durante esas tardes calurosas en el bar de debajo de la casa de mi abuela mientras yo estaba en la cama, a pesar de ello me acababa durmiendo siempre.

Esa tarde no conseguí dormirme, recuerdo que daba vueltas en aquella cama que te engullía hacia el centro, me acabé levantando, y allí estaban mi abuela y mi tía en el balcón como todas “las siestas”, “¿que haces?, vuelve a la cama” me decía mi tía, “¡¡¡como venga tu madre veras!!!!”, cuando les explique el motivo de mi insomnio postprandial mi abuela me dijo “ven, que yo te hago algo para que se te vaya ese dolor”. Cogió un vaso, un cacho de pan, una caja de cerillas y me dijo “túmbate en el suelo”. Lógicamente si mi abuela me decía algo yo lo hacía (mas me valía), así que yo obedecí y me tumbé boca abajo. Cogió un cacho de pan, le clavo una cerilla, la encendió y cuando esta estaba encendida puso el vaso encima de aquel cacho de pan que parecía un pastel de cumpleaños con una vela, acababa de hacer una ventosa, lo que los modernos ahora llaman Cupping therapy o ventosaterapia. Empezó a mover aquel vaso de una manera estratégica, primero aquí, luego allí, un ratito en cada sitio o “punto”, así durante un tiempo, no recuerdo cuanto fue, lo que si recuerdo es mi espalda llena de marcas durante días lo cual sumado a mi enclenque cuerpo daba la imagen de niño de  Auswitch. La cuestión es que el dolor cedió ese mismo día, me había enamorado de lo que mi abuela acaba de hacer y lógicamente quise saber más, ese fue mi primer curso de terapia manual:

  • Profesora: Mi abuela
  • Título del curso: Tendencias de terapia manual desde la experiencia de una curandera de pueblo
  • Celebración: En la casa de mi abuela
  • Número máximo de alumnos: Yo
  • Precio: Compromiso de tener muchas charlas de balcón
  • Duración: Verano del 86
  • Horario: Cuando mi abuela pudiese
  • Inscripción: Hablar con mi abuela y pedírselo directamente

Vi pasar ese verano desde una cabra con una pata mal, hasta un vecino con el hombro tocado, desde un esguince de tobillo que mi abuela hacía crujir de una forma que ni el propio doctor Josef Mengele hasta una mula que cojeaba. ¡¡¡Acabe el verano con dudas entre la terapia manual en animales y en humanos¡¡¡, pero lo que tenía claro es que aquello  me gustaba, me había fascinado, me había enamorado de aquellas tardes y de aquellos ratos que supusieron el primer enfado de muchos con mi amigo Berto (porque ya no quería salir con el por las tardes, prefería estar en la casa de mi abuela con ella de “guardia” por si venía alguna urgencia. Había pasado tantas horas con mi abuela (y con su hermana que también hacía los mismo) viendo como “arreglaban” a personas y animales mediante algún movimiento rápido de alguna parte del cuerpo que la hiciese crujir, mediante un vendaje que iba acompañado de un ungüento o de algún tipo de planta que cogían del monte y luego cocinaban para transformarlo en una infusión asquerosamente mala (porque yo las probaba todas a escondidas claro), había pasado tantas horas, que me fui aquel verano diciéndole a mis padres que yo quería vivir en el pueblo y ayudar a la abuela y a su hermana, no pudo ser, tuvieron que pasar 12 años para que empezase a estudiar osteopatía, otros tantos más para  fisioterapia y otros tantos para obtener el titulo de doctor, haciendo por el medio decenas de cursos, formaciones, y demás cosas y cositas que seguro, mi abuela ya sabría.

Jamás me cansaré de darte las gracias abuela, gracias por el regalo que me hiciste, un regalo que supondría mi pasión, mi forma de vida, y por supuesto todo lo que viene añadido a ese regalo, conocimiento, amigos, pacientes, experiencia, momentos etc, etc, etc…

GRACIAS ABUELA

El amor es el ingrediente secreto para hacer de tu trabajo un estilo de vida. El amor hace que tu trabajo sea una distracción beneficiosa, es imposible ser un profesional exitoso y prospero sin amor a lo que se hace, será un profesional esclavo de su obra y no un amo de su prosperidad.

Es el amor que personajes maravillosos que trascendieron a lo largo de la historia plasmaron en sus legados y convirtieron esos regalos en obras de arte. Pensemos por un momento en Miguel Angel creando su David, pero en esta ocasión sin amor por lo que estaba haciendo, pensemos por un instante en todos los sanitarios que en estos duros momentos trabajan/trabajamos por el bien de sus/nuestros pacientes, pero si amor, ¿os imagináis?, no sería posible.

El desamor por nuestro trabajo nos hace mediocres con resultados mediocres, por lo tanto con ingresos mediocres viviendo una vida por tanto mediocre culpando de ello a la mala suerte o al sistema.

No hay nada más peligroso que un profesional sin amor por lo que hace, o mejor dicho, sin amor en su corazón. Imaginaos a un químico brillante sin amor en su corazón, puede ser el genio que construya bombas, ingenia fórmulas para destruir.

Este pensamiento, vale tanto para un zapatero como para un directivo de una empresa. Un directivo de empresa, un gerente sin amor jamás cumplirá metas, sencillamente no lo hace con pasión, la pasión es la clave. Su factor humano no es apto, tiene conocimiento pero le falta lo más importante, la pasión y el amor. No padece por lograr su objetivo. Un profesional que no ama su trabajo, es un perdedor con sueldo.

Es fácil: ¡AMEMOS LO QUE HACEMOS, SEA LO QUE SEA!

Mi abuela, atendió en su casa durante mas de 50 años a cientos de personas (y animales), les intento ayudar en lo que ella creía que podía hacerlo, deberíais haber visto su mirada cuando hablaba de su ultima hazaña entre huesos, vendas y ungüentos, amaba lo que hacía, y lo sigue haciendo, aunque ya no lo haga.

Cuando yo era niño, tuve la oportunidad de ver trabajar a mi abuela, de verla tratar a “sus pacientes” y de ser testigo de la HONESTIDAD y de la recompensa por el trabajo duro (da igual que día u hora fuese ella atendía igual). Cada día de aquel verano (y de los siguientes) veía entrar a una persona por la puerta, sola o acompañada de otra o de un animal, ¡¡como la recibía!!, ¡¡como la escuchaba!!, ¡¡con que amor lo hacía!!, porque ella quería ayudar, deseaba con todo su corazón hacer lo que estuviese en sus manos para que aquel problema de espalda, de hombro, de pie, de lo que fuese, mejorase. Evidentemente, en muchas ocasiones no lo conseguía, pero jamás, jamás vi a una persona quejarse de lo que mi abuela hubiese hecho, también es cierto que cuando su problema no mejoraba siempre tenían  y recurrían de echo) a la idea de que si no mejoraba era porque tenía que ser así, y os digo una cosa, funcionaba porque la gente se iba contenta y algunos ¡¡¡hasta mejoraban!!!, ¿haría mi abuela en aquella época ya algo de PNL o dialecto placebo?, o quizá, ¿era alguna treta de palabrería sabia tipo técnica sándwich?, a saber, mi abuela era mucha abuela.

Mi abuela amaba lo que hacía, por eso era la mejor, y lo mas importante, era feliz.

Su pasión por lo que hacía inspiró mi propia pasión por lo que hago. Su ejemplo me enseño cosas que nunca pensé que sabría y me hizo enseñarme a mis mismo a ser mejor persona, a evolucionar, a entender porque los demás hacen lo que hacen (aunque a veces no lo comprenda, no lo comparta, o incluso me haga daño), a no juzgar, a escuchar…

Más que mostrarme “técnicas” o ungüentos, me mostró como percibir la vida y como vivirla.

Estamos viviendo tiempos difíciles, muy difíciles, la incertidumbre de lo que sucederá nos cubre. Es complicado para tod@s.

Tod@s tenemos los centros de trabajo cerrados, no podemos atender a nuestros pacientes, los pacientes que esperan a volver a visitarnos, que desean que les volvamos a tratar, a escuchar y a acompañarlos. Porque saben que amamos lo que hacemos.

Es tiempo de reinventarse, de las nuevas tecnologías, de usar todo lo que este a nuestro alcance para “llegar” a nuestra gente. Mi abuela no tenia Instagram, ni Facebook, no existía la App Zoom, pero tenía su puerta abierta todos lo días a todas horas.

No caigamos en la desesperación, no caigamos en el desamor por lo que se hace, porque el mejor modo de hacer bien nuestro trabajo es amarlo. En Metameraconcept, en EMRA, en Massalud y en Aïthia no hay un solo terapeuta o profesor que no ame lo que hace, es la base de cada uno de esos lugares comunes y que forman una gran familia.

Sinceramente, creo que debemos vivir esta situación como un punto de inflexión, meditar, recapacitar por como vivíamos y lo que hacíamos, de lo importante, de lo urgente.

Con una buena actitud ganaremos en aptitud.

Yo le solía preguntar a mi abuela si se cansaba de atender al final del día a las personas, ella siempre me decía lo mismo, “estas personas lo necesitan”, era su respuesta, lo cual me hace reflexionar cada día, el placer que acompaña al trabajo hace que olvides la fatiga.

Y ya lo decía el gran Steve Jobs, “tu trabajo va a llenar gran parte de tu vida, y la única forma para estar verdaderamente satisfecho es hacer lo que crees que es un gran trabajo. Y única forma de hacer un gran trabajo es amar lo que haces”.

Esta situación pasará. Volveremos (dentro de un tiempo) a tener una vida “normal” (si lo era). Es momento de cuidar a nuestras familias, de cuidar a nuestros pacientes, de cuidarnos a nosotr@s mism@s. el amor por lo que hacemos hace que hagamos todo lo que este en nuestra mano para que los que nos necesitan sepan que estamos ahí para lo que haga falta cuando haga falta, eso ser incondicional, como la amistad (gracias señor Burns, gracias Panoramix).

Estamos sumidos en un proceso de confinamiento, no es momento de ser el “terapeuta valiente” que acude a la consulta a tratar dejando de lado el Covid-19, es momento de apoyar, de ayudar…de otra forma. Tranquil@s, llegará el tiempo de ayudar en consulta, vaya que so llegará, a l@s que se han dado cuenta de muchas y a los que haya que ayudar a recuperar-SE.  Ese será el momento de ser terapeuta valiente.

Mucho ánimo, mucha salud, mucha creatividad.

Por cierto, mi abuela jamás cobro un duro por lo que hacía.