“Una palabra tuya bastará para sanarme…”

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“Una palabra tuya bastará para sanarme…”

“Una palabra tuya bastará para sanarme…” evangelio según San Mateo 8,5-11. No pretendo hacer ninguna alusión al catolicismo, no creo sinceramente que yo sea la persona mas indicada para ello, dejo esa tarea para los teólogos y/o para toda aquella persona que se considere “digna” de hacerlo.

Parece ser, que ya hace muchos años que la humanidad cree en el sentido de la palabra, en su poder, en su peso y en la posibilidad de que a través de ella se pueda convencer o incluso agrupar a una multitud bajo una idea o hacia un dogma. Para algunos, el catolicismo es una muestra de ello, para otros la política, las guerras, incluso el deporte, o si nos centramos en la actualidad hasta las propias enfermedades, llamémosle COVID19 por ejemplo.

Lo que esta claro, es que si alguien cuenta con el carisma suficiente, con el don de la palabra, con la inteligencia y la suspicacia para transmitir con suficiente claridad “algo”, lo más probable, es que ese alguien consiga que su mensaje cale en un/unos receptor/es.

Esto según se mire, o mas bien según se interprete, puede ser bueno o malo, todo depende del objetivo, de la meta que ese alguien se marque a la hora de pronunciarse ante algo o en el momento de transmitir. Lo que si sabemos, es que la palabra bien utilizada y bien intencionada encamina hacia lo bueno, hacia la curación, hacia el cambio. Sin embargo, cuando la palabra oculta algo (consciente o inconscientemente), el lenguaje se vuelve negativo y nunca lleva a nada bueno, a corto, medio o largo plazo.

En ocasiones, la vida no nos da, vamos de retraso en retraso de una manera espantosa, que nos lleva a ver los días como una perdida de tiempo porque no llegamos a nada, porque el bobo del jefe o compañero/a te cae mal, o incluso porque ya desde temprano comienzas el día maldiciendo el atasco o jurando en hebreo porque te has dormido, todo esto, sin duda genera un problema, o muchos.

Pero sobre todo, un problema que no tiene que ver con el entorno, uno que tiene que ver con uno mismo, uno que se relaciona en como “construimos” nuestro relato diario a través de las palabras que escogemos para expresarnos. Un ejemplo, el párrafo anterior tiene 72 palabras, 15 representan expresiones negativas, las que están subrayadas.

Vivimos en un tiempo infectado por el mal uso de la palabra, entornos como las redes sociales, la política o incluso las reuniones de vecinos fomentan ese mal uso. En psicología se hace una llamada en los últimos años a la necesidad de tomar conciencia de las palabras que usamos. Pero esto a nosotros no nos pasa, ¿verdad?, error, nos pasa, y mucho. Propongo un ejercicio, cuando te levantes por la mañana al salir de casa, llena uno de tus bolsillos con pequeños papelitos, ponte un reto, ser mas consciente de lo que le dices a los demás y/o a ti mismo/a en un solo día. Cada vez que “pesques” un pensamiento o palabra negativa pasa un papelito al otro bolsillo y antes de meterte en la cama cuéntalos, creo que te costará dormir al ver el resultado.

Como dice el filósofo y asesor técnico del lenguaje Luis Castellanos, el cual ha dedicado su carrera a estudiar la influencia de las palabras en el bienestar mental: “no habitamos las palabras; las usamos sin ser conscientes de su carga real. Vivimos en un mundo frenético donde no hay lugar para el silencio y, sobre todo, no hay espacio para la amabilidad, cuando en realidad esa actitud es garantía de éxito”.

Tomar consciencia de ello y luego tomar distancia puede ser un buen objetivo.

Es cierto que nuestro cerebro es un pequeño adicto a lo malo. Las “amenazas” y las emociones negativas traducidas por la amígdala nos han salvado a lo largo de la evolución. Pero como interpretamos esa emoción (“vaya desgracia” o “esto es algo insuperable”) depende de que reforcemos mas unos circuitos que otros. El que exagera una emoción, probablemente es porque de niño aprendió que el mundo es un sitio donde hay que pisar con cuidado, y seguramente estará condicionado desde su infancia hasta su vejez. Existen personas que se refieren a esto como “ruido mental”, me gusta la expresión la verdad.

Las emociones secuestran nuestro comportamiento.

Cuando estas triste, lo mas probable es que lo que te venga a la cabeza sean recuerdos, vivencias, cuando estas eufórico, lo mas probable es que tu cerebro genere un discurso esperanzador para el paciente que te esta escuchando.

Para empezar, deberíamos descartar de nuestro abanico lingüístico (sobre todo con nuestros pacientes) palabras extremas (nunca, siempre, jamás, horrible, horroroso, no tienes opción, no vales…) quizás en el fondo de estas palabras se oculten “cosas” como la culpa, la excusa, la queja, la crítica o incluso la mezquindad. Debemos trabajar cada día nuestra posición moral porque es el legado de nuestros hijos y lo que nuestros pacientes reciben, ya que para ambos pueden significar los pilares sobre los que se sustenten sus decisiones o su vida.

¿Cómo nos comportamos con los pacientes?, ¿qué palabras utilizamos?, ¿estamos siendo capaces de dejar a un lado nuestros problemas mientras atendemos a esta persona?, ¿qué le estamos transmitiendo mientras le contamos lo que creemos que le pasa?, ¿es justo que trates hoy a este paciente en el estado anímico en el que te encuentras?…

Ya desde hace años son muchos los pacientes que me suelen decir “no sabes la calma y tranquilidad que me aporta venir a verte” … hace un par de meses un paciente me dijo “hubiese preferido no acudir a la cita de hoy contigo”, fue el principio de este post.

Hace ya mucho tiempo publicamos en metameraconcept un post sobre el dolor, en realidad en muchos post aparece el tema del dolor de fondo. No es el tema base de este, este post tiene como objetivo el estado del emisor, el que emite, es decir, el terapeuta.

Los factores contextuales y las estrategias de comunicación que utilizamos con los pacientes son determinantes y tienen un impacto decisivo en el resultado de nuestra intervención, ya sea manual, activa o educacional (si se pueden separar claro). Así mismo, de dichos factores y estrategias la adhesión al tratamiento será viable o no, por tanto, si tenemos como objetivo el fomento de una autonomía del paciente en determinado ámbito o aspecto, tendremos que tener este tema en mente. Deberemos hacer uso de unas herramientas comunicativas en clínica basadas en un lenguaje correcto y una comunicación adecuada para todo paciente que acuda a vernos.

Al igual que en el ámbito del dolor, las creencias de los pacientes, sus actitudes, sus percepciones y sus comportamientos influyen en su recuperación. Cada una de estas cuestiones deben pasar el filtro del terapeuta, es a través del terapeuta que deben ser comprendidas y corregidas en tal caso, pero, ¿si el filtro del gasoil del coche esta sucio, el coche funcionará bien?.

Nosotros, como profesionales y terapeutas (¡¡¡¡pssssss no se lo digas a nadie!!!! y como personas) podemos condicionar a nuestros pacientes mediante la palabra, el contexto ambiental clínico y el significado de nuestro discurso (su tono, su gestualidad, NUESTRO ESTADO). Ya es conocido por todos sobre todo en el ámbito del dolor, que nuestra explicación acerca de lo que el paciente siente es clave de cara a la comprensión de este por parte del paciente y por tanto para su correcta evolución, en EMRA decimos: “el exceso de información mata a la información”, “el estado del receptor es todo, el mensaje no es nada”, añadamos a esto, “ el estado del emisor es crucial, es determinante”.

Cuando un/a paciente acude a la consulta a tratar un tema, el que sea, acostumbro a preguntar por los tratamientos anteriores que ha recibido para ello, el diagnostico que le han dado o el planteamiento que han hecho sobre ello los terapeutas con los que ha estado (ya sean otros fisios, osteópatas, médicos o quien sea).

Lo mejor siempre son ejemplos, ejemplos que provocan en mi una emoción, habitualmente tristeza (antes era enfado) y que me hace reflexionar sobre el estado de la persona que se lo comunicó y sobre todo porque se lo comunicó así o expreso tal cuestión de esa manera o de esa forma.

Eneko, 21 años, un día con sus amigos se resbala y cae sobre su codo derecho, resultado fractura de olecranon que requiere intervención. Tras el periodo pertinente de inmovilización y la retirada de la escayola acude de nuevo al médico que le lleva el “asunto” (así se refería el médico con Eneko sobre su fractura “veamos como va tu asunto”). Este le dice que ha sido una fractura muy “fea” y que no merece la pena que inicie ningún proceso de rehabilitación, ya que el codo se va a quedar con ese grado de flexión para siempre la frase exacta fue “no merece la pena que hagas nada, acostúmbrate a que el codo va a estar así PARA SIEMPRE”. Creedme, me costo más animar a Eneko y a su madre que hacer que su codo mejorase, han pasado 4 meses y Eneko juega a pelota mano como antes con una flexo-extensión completa. ¿Es posible que Eneko no hubiese tenido nada que hacer con ese codo? puede ser, ¿en que se basó su médico para decirle que no merecía la pena?, no lo se, intenté hablar con el pero no accedió. Siento tristeza por los futuros pacientes que acudan a la consulta de ese médico (¿entendéis ahora porque la tristeza?), seguro que es un buen médico y prefiero pensar que tenía un mal día o una mala época y que su actitud es algo pasajero.

Teresa, 73 años, un día lluvioso de esos vascos se cae al pisar una baldosa rota, resultado luxación de hombro derecho. Le duele y decide llamar a su hija para que la lleve al hospital ya que no desea llamar a una ambulancia. Entre que a ucude su hija y llegan al servicio de urgencias pasan 45 minutos (pensad en el tiempo máximo recomendable para reducir una luxación), al llegar le hacen una radiografía y le confirman la luxación, deciden que espere un “poquito”  en la sala de espera (a día de hoy sigo sin saber porque), ese poquito se convierte en una hora y cuarto en la sala de espera del servicio de urgencias del hospital, desde la luxación ya han pasado 2 horas. “Bueno Teresa veamos que ha pasado aquí…” le dicen. El traumatólogo que la atiende, rodeado de 5 residentes decide reducir la luxación de hombro sea como sea, lo intentan durante 20 minutos realizando todo tipo de posturas dignas del Cirque du Soleil, durante esos 20 minutos Teresa se marea varias veces, su hija allí presente escucha como varios de esos  residentes le comentan al traumatólogo adjunto que si no sería mejor parar e intervenir “no que va, esto entra…” respondió el traumatólogo. Efectivamente, entro. Las “consecuencias” (digo yo, no se si fueron a causa de los 20 minutos de maniobras forzadas o a causa de la caída, tengo mi opinión al respecto, pero…) fueron: fractura de la glena, mala congruencia de la cabeza humeral y lesión aguda del nervio circunflejo (confirmada por una electromiografía a posteriori), por tanto, una prótesis invertida total que se lleva Teresa. Todo por un “esto entra…”, como en el anuncio de nescafe… ¿en serio George?. De nuevo vuelvo a pensar en su actitud, ¿qué pasa con ese ego?, no lo se.

Ultimo  ejemplo, Nieves, 53 años, acude a la consulta a tratar un tema de hinchazón abdominal alta (digestivo alto), durante la entrevista le pregunto que porque esta tan preocupada, tan nerviosa, me da esa impresión, me cuenta que en la última visita con su digestivo este al ver los resultados de la biopsia se quita las gafas, se levanta de la silla, rodea la mesa, le pide a Nieves que se levante y le da un abrazo mientras le dice al oído “lo siento, en menos de 5 años tendrá usted un cáncer de estómago”…joder!!! algo no he visto yo en estos informes pienso, los releo, miro el resultado de la biopsia, normal, de las pruebas, normales, no entiendo nada. Decido hablar con dos digestivos con los cuales tengo confianza y con dos oncólogos, los 4 me dicen que no tiene sentido eso, que no hay nada que indique tal afirmación, decido entonces consultarlo con el digestivo en cuestión, su respuesta es “porque seguramente sea así…”. Yo no me dedico a tratar pacientes con cáncer ni mucho menos, puedo ayudarle con su hipoclorhidria nada más, pero, ¿es necesario tener a esa persona señalando el reloj como diciendo “ya han pasado 5 años, estoy esperando a tener cáncer de estomago…”?. Si hay indicios se hace algo ¿no?, si no hay indicios pues no. No critico el diagnostico no soy quien, ¿pero las formas?, ¿en serio George?. Tristeza por esos pacientes, que viven con ese miedo, tristeza por esa forma de actuar, ¿por qué actuará así?, ¿por qué se dirán las cosas así?.

Deberemos pensar sobre el lenguaje que usamos con nuestros pacientes, sobre nuestros gestos, sobre lo que exteriorizamos y ellos reciben. Deberemos pensar de donde viene eso que reciben. Deberemos tener en cuenta y ser considerados en el momento de recibir a un/a paciente y del impacto emocional y conductual que tiene una visita con nosotros como terapeutas, debemos ser justos, y algo justo, es lo mejor para ambas partes, no solo para una, porque a veces atender a un/a paciente, nos salva mas a nosotros (como personas) que a el/ella como paciente.

Gracias Ramón, no mejoré ese día tu hombro, pero has provocado que pueda seguir mejorando el de otros mejorándome a mi.

Por | 2020-03-01T13:56:10+01:00 marzo 1st, 2020|metamera concept|Sin comentarios

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