“EL SÍNDROME DEL AZULEJO”

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“EL SÍNDROME DEL AZULEJO”

Un síndrome no es más que un conjunto de síntomas que se agrupan para dar nombre a una entidad clínica que no está etiquetada todavía y que responden a la idea de describir un estado de disfunción de la salud.

Os propongo que hablemos del cuasi conocido “Síndrome del azulejo”, en el cual se encuadran síntomas tan diversos como afines que se pueden resumir perfectamente en una sola frase:

“El azulejo no dobla, ¡rompe!”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Muy a menudo este es uno de tantos hashtag que uso en la clínica diaria para ejemplificar e incluso ridiculizar con buen gusto alguna situación con pacientes y así poder mostrarles de la manera más cercana y simbólica posible que la rigidez no es la mejor determinación para la avanzar en la vida…

“Descender para avanzar… doblándonos!!!”

 

 

 

 

 

 

 

 

A menudo recurro a simples ejercicios de lógica filosófica que frecuentemente me ayudan a aclárame e incluso justificarme anti mí mismo y es entonces cuando me digo:

“Esta vida está en constante cambio,

todo cambio necesita su vuelta al equilibrio,

el cambio en la vida

es y se manifiesta

con la vuelta al equilibrio”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nuestro complejo mundo clínico no está exento de esta eterna confusión, de este axioma casi universal de que lo rígido es fuerte y que para fortalecerse y soportar las inclemencias de la misma vida hay que endurecerse, que no es lo mismo que curtirse… otra de tantas confusiones.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un claro ejemplo es la asociación entre músculos acortados y su supuesto estado de fortaleza… y es más bien todo lo contrario; el acortamiento muscular es un factor de riesgo biomecánico y fisiológico para tener más lesiones musculares, si es que se les puede llamar únicamente así.

Sin irse mucho más lejos, en el pasado más reciente de la arquitectura se proyectaban edificios que seguían reglas directamente proporcionales, “a mayor altura y carga a soportar por sus cimientos, mayor la necesidad de reforzar las columnas y bigas con más cemento y hormigón”. Pensamiento este muy cartesiano, cuadriculado y estrecho de miras. Los incompetentes resultados y los costes a muchos niveles hicieron que la mente humana buscara soluciones más cualitativas.

La naturaleza siempre nos pone en nuestro sitio, sólo hizo falta unos cuantos terremotos en la edad contemporánea en unas cuantas ciudades importantes para flexibilizar a las mentes pensantes y se vieron obligados a replantear ciertos principios arquitectónicos y no les faltó tiempo para introducir nuevos conceptos con una simple idea, “estructuras dinámicas y materiales más flexibles soportarán mejor la incertidumbre de la naturaleza”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mucha de nuestra rigidez mental sigue en sendero marcado desde el inicio por nuestra personalidad. Nuestro sello intelectual ha cursado años de aprendizaje con nuestra infancia, en la cual el contexto más que la genética, forja nuestras estructuras en base a creencias adquiridas de manera importante e interesante por medio de metodologías basadas más en comportamientos conductuales y algo menos en dosis de esencia intuitiva.

“Cuantos dictados hemos escrito,

menos poemas hemos intentado”

Es decir, si me crio en un ambiente de bajas prestaciones económicas y dónde el esfuerzo y sacrifico se ingiere en cantidades diarias, seguramente reproduciré ese ejemplo en mi adultez más inmediata para sentir la satisfacción de alcanzar mis objetivos. Ridiculizando el ejemplo y en contraposición, si la facilidad y abundancia se adueña de mis primeros tiernos años, es más que posible que el sacrificio por conseguir otras metas no se interiorice de igual forma.

“Quizá haga falta algo de las dos versiones”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nuestras creencias marcan nuestras estructuras desde la infancia. Si no queremos que nos condicionen todo nuestro futuro debemos de flexibilizarlas, ampliarlas y actualizarlas para que la adaptación al contexto sea más beneficiosa y… se preserve mejor la especie.

Volviendo a nuestro entorno laboral, como terapeutas debemos estar atentos a estas situaciones en nuestros pacientes. La resistencia al cambio que a menudo se sufre puede ser un gran obstáculo para conseguir ayudar a que la salud mejore, sobre todo en pacientes con dolor crónico o simplemente con patología de larga evolución muy confundida donde el enfoque bio-psico-social se nos suele olvidar con alguna frecuencia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¡¡¡Ehh!!, soy el primero en levantar la mano, el “Síndrome del Azulejo” también nos afecta a este lado del ambiente clínico. Sólo tenemos que observarnos cuando el paciente nos cuenta algo que no entra dentro de nuestros conocimientos, no nos acompañan en nuestras decisiones sobre el plan de tratamiento, no empatizamos con su personalidad o simplemente no mejora sin más.

Nuestra rigidez aflora y choca con la del propio paciente y las cosas no fluyen como debieran o fuera lo deseable. El lenguaje corporal nos delata y solemos entonar discursos más tajantes, dictatoriales e incluso nos lavamos las manos al estilo del mismísimo Poncio Pilatos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nuestras expresiones corporales se tornan muy tensas y la postura se verticaliza en ademán de ponernos por encima de… no sé quién, la verdad. Tranquilos es humano sentir estas emociones, reconocerlo ayuda a ser más flexible.

En cualquier ámbito de la vida cuando hablamos con alguien cuyos argumentos no son afines, sus principios morales no son agradables, sus presupuestos éticos nos revuelven algo muy interno y sus más simples opiniones sobre aquello que se conversa las recogemos sin la mínima objetividad ni intención por ello. Esto suele ser porque nos devuelve a modo de espejo algo propio que llega a nuestra estructura rígida más interna y frecuentemente no muy consciente.

“La colisión es patente, el desacuerdo también”.

Cuando algo se rompe el remedio para solucionarlo, por muy bueno que sea, nunca conseguirá que el producto final sea igual al inicial … y ojo, estamos en las décadas de las separaciones sentimentales. Lo curioso es que después de la separación los ex-tortolitos es cuando se ponen por separado a hacer ejercicio, estiramientos o incluso yoga… ¡¡¡cachis!!!, aquí el orden de los productos si que altera el resultado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Si sólo tenemos una ventana sobre la que ver el jardín del barrio, esa será nuestra única referencia. A más ventanas, invitados por más vecinos (sociabilidad por favor) más posibilidades tenemos de ver el campo desde distintas ópticas y para unos aquel árbol está cerca, para otros está lejos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Síntomas del Síndrome del Azulejo:

 

  • Toda la vida fui así.
  • Ahora ya no voy a cambiar.
  • En mi casa se hace así.
  • Eso no va conmigo.
  • No puedo.
  • Yo eso no soy capaz.
  • Si hago yo eso rompo!!!.
  • Me enseñaron así.
  • Hago lo que me han enseñado.
  • Todo el mundo puede

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A menudo me acuerdo del maravilloso “Mito de la caverna” y Platón. Gran ejemplo de la estructura rígida adquirida que condiciona todo nuevo evento a vivir, e incluso el miedo por hacerlo. Otros le llaman Zona de confort, de la cual se quiere o no salir, se puede o no intentarlo, pero cuando lo haces tan sólo una vez, las cosas nunca son igual que antes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuando en mi pasado más reciente he sentido esta necesidad y la misma vida me ha invitado a replantear ciertas de mis estructuras he tenido que elaborar un plan de abordaje que os lo puedo resumir en:

  • Hacerme consciente de mi rigidez, primordial y principal.
  • Reconocer mis debilidades, un segundo buen paso.
  • Saber pedir ayuda, el mejor tratamiento inicial.
  • Flexibilizar mis principios morales, mi espada de Damocles.
  • Abrir ventanas nuevas, la bocanada de aire fresco.

Resulta que cuanto más leo, estudio, comparto, escucho, empatizo… mejor comprendo al escritor, más conocimiento disfruto, aguanto mejor las críticas, dispongo de más y mejores ejemplos … y hasta casi toco con los dedos en el suelo!!!.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Como terapeuta el aprender de los pacientes me permite entender la fisiología del dolor de tal o cual y entiendo que pueden necesitar más ayuda que un simple medicamento, un perfecto tratamiento de terapia manual, una aconsejable recomendación alimenticia o un acertado juicio sobre su estilo de vida.

 

Como docente el saber responder de distintas maneras a la misma duda me ha hecho creer que cada alumno tiene una manera de entender, un ritmo que respetar, una metodología para aprender y un cerebro distinto para integrar, por lo tanto, necesitamos flexibilidad neuronal, para el caso, neuroplasticidad emocional.

 

Como ser humano el observar como el mismo agua puede adoptar mil formas para ocupar el recipiente que lo contiene me ha hecho comprender que las cosas fluyen porque la estructura lo permite.

 

Como osteópata de vocación y devoción me ha permitido interiorizar que si la función es el alma del ser vivo la estructura es el contexto que permite su expresión. Si el tejido es flexible, la estructura puede moverse… para dónde tenga que moverse.

 

Como persona el poder ponerme en el sitio del “otro” me ha facilitado la visión de que no siempre se tiene razón e incluso que esta propia razón, no es la cuestión.

 

Os invito a dejar vuestra parte de azulejo y poder disfrutar de la flexibilidad de las situaciones.

 

Con el mejor de los deseos y desde mi gran cambio os deseo toda la felicidad.

Flexiz año.

 

 

 

 

 

 

Por | 2018-01-02T20:56:47+00:00 enero 2nd, 2018|metamera concept|Sin comentarios

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